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Sánchez Vázquez y las ideas estéticas de Marx

José Luis Balcárcel
Primera de dos partes

La estética marxista por mucho tiempo desvirtuada como consecuencia de sectarias, dogmáticas y tantas veces arbitrarias interpretaciones del pensamiento de los fundadores del materialismo dialéctico e histórico, viene encontrando en los últimos años, al fin, su cauce decisivo de enriquecimiento. Ahora es cuando realmente puede hablarse de su desarrollo positivo. En este sentido no puede dejar de reconocerse el empeño de Georg Lukács —tan combatido y hasta difamado por la corriente aún dominante, pero deformante, de la estética marxista—.

Conocedor profundo del arte, particularmente de la literatura de todas las épocas históricas en sus diversas manifestaciones, Lukács se ha preocupado de investigar una serie de categorías estéticas partiendo de la propia realidad artística. Esto lo llevó a entrar en contradicción con los teóricos de la Unión Soviética y sus seguidores, quienes decidieron ignorar toda expresión artística que. no fuera “realismo socialista”, optando por establecer un sistema normativo que justificara todo intento de éste como arte superior. Sin embargo, Lukács se aferró a la equivocada tesis del arte como reflejo verídico de la realidad objetiva, con lo cual, no obstante su insistencia en diferenciar el reflejo artístico del científico, caracterizando al primero por su particularidad, tuvo que llegar a la forzosa conclusión —en razón de su premisa— de que sólo el realismo puede ser, y de hecho ha sido siempre, el gran arte, el arte por excelencia. Así, al analizar otras tendencias artísticas (la novela de vanguardia concretamente), sin dejar de reconocer sus cualidades estéticas, las considera decadentes.

Después del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética otros filósofos marxistas han podido avanzar más que Lukács en la tarea de rescatar a la estética del enfoque unilateral y esquemático al que la había reducido la concepción deformada del estalinismo, que tuvo en Zhdanov a su principal exponente. Ernst Fischer, Galvano della Volpe, Roger Garaudy o Adolfo Sánchez Vázquez, han principiado a abrir la brecha que puede conducir a la elaboración de una estética capaz de explicar en toda su complejidad la realidad artística; de una estética que no se quede sólo en el problema de las relaciones sociales que condicionan el desarrollo del arte y, en consecuencia, de su caracterización ideológica, sino que, sin dejarlo de lado, como que implica elementos que intervienen en toda obra —que es producción de hombres que viven en sociedad—, se interese, penetre, en el tratamiento artístico de ésta; que investigue, que analice la solución, el logro, o las limitaciones y deficiencias, en términos artísticos, del conjunto de elementos que realizados integran las obras de arte.

Se había hecho costumbre generalizada entre los estéticos marxistas repetir simplemente las opiniones de Marx, Engels y Lenin sobre el realismo o, bien, sobre la base de tales opiniones establecer normas que circunscribieran el arte a un cartabón realista, hasta el extremo de negar reconocimiento estético a toda obra que no se ajustara a los patrones decretados. La estética marxista se convirtió en un dogma del que no pudieron escapar, pese a sus conocimientos y experiencias adquiridos en la propia realidad artística, figuras como Lukács, inteligente y acucioso investigador de la literatura en su complejo desarrollo histórico, o artistas que en su producción estética chocaban con los cánones impuestos, pero que al hacer teoría se conformaban en buena medida con ellos. La traslación mecánica de la teoría del conocimiento como reflejo objetivo de la realidad al terreno del arte y la apreciación política suplantando a la estética eran factores preponderantes que impedían al “marxismo” aprehender lo artístico en su naturaleza intrínseca.

Sánchez Vázquez se hizo cargo de la necesidad de estudiar e interpretar aquellos trabajos en los que Marx se preocupó de investigar la naturaleza de lo estético. Los escritos de juventud, particularmente los Manuscritos económico-filosóficos de 1884. Resultado de esa búsqueda fue su riguroso ensayo “Ideas estéticas en los Manuscritos económico-filosóficos de Marx”[1], que vino a significar un cambio cualitativo en la concepción estética del marxismo. De ahí que muy pronto se reconociera su importancia en diversos países y se le reprodujera en publicaciones interesadas por los problemas teóricos del marxismo en general y, en los del arte, a través de esa concepción filosófica, en particular.[2]

Cambio cualitativo en la concepción estética del marxismo, decimos, porque al sistematizar las ideas de Marx sobre la naturaleza de lo estético Sánchez Vázquez ponía al descubierto la categoría fundamental de la producción artística, la categoría de creación, única que puede explicar las posibilidades de elaboración de una realidad distinta de la realidad natural, que no es la mera reproducción de ésta, como pretende la teoría del arte como reflejo objetivo, sino una nueva, cualitativamente diferente, producto de la humanización histórica de la naturaleza y del hombre mismo, que es la realidad artística. Al proponer como fundamento la categoría de creación, la estética marxista rompe con la limitación que se le venía imponiendo de ser exclusivamente una estética del realismo; del realismo nada más, porque en esta forma expresiva se podrían encontrar los elementos de juicio más aproximados para justificar la teoría del reflejo. Sin embargo, un análisis más cuidadoso del realismo demuestra plenamente que cuando queda reducido a un escueto reflejo de la realidad objetiva, de ninguna manera consigue alcanzar valor estético. Para lograrlo necesitará siempre crear una nueva realidad, convertirse en expresión artística. Y si esto sucede con el realismo, más obvio resulta aún en las corrientes no realistas. La categoría de creación permite a la estética marxista, por tanto, abordar la totalidad de manifestaciones artísticas concibiéndolas como producción creadora del hombre; ya no como la necesidad humana de reflejar la realidad objetivamente, que era lo que se pretendía como equivocada exigencia para calificar lo estético a costa de ignorar las infinitas posibilidades que realizadas enriquecen todos los días el arte.

La investigación emprendida por Sánchez Vázquez ha tenido mayores alcances. Con la sistematización de las ideas de Marx sobre la naturaleza de lo estético pudo hacerse de la herramienta necesaria y adecuada para desarrollar una problemática más amplia de la estética. Si la constante preocupación de Marx por diversos aspectos del arte no pudo culminar en la estructuración de una estética orgánica porque sus mayores esfuerzos debieron concentrarse en otras direcciones, la tarea de los teóricos marxistas del arte debe consistir, como sugiere Sánchez Vázquez, en aprovechar las ideas estéticas de Marx para “construir una estética no tanto con ellas, como a partir de ellas”, lo cual “exige por tanto una recta comprensión del meollo de la filosofía de Marx como filosofía de la práxis, pero de una práxis tendiente de transformar radicalmente la realidad humana”. “La apreciación de las ideas estéticas de Marx no puede separarse de la práctica humana y artística que las corrobora…”. Se trata, entonces, de armar sobre la base de dichas ideas y con apego estricto a la realidad artística un amplio sistema interpretativo que extraiga de esa realidad sus leyes y categorías.

Al seguir este procedimiento, Sánchez Vázquez elaboró una serie de trabajos que contribuyen decididamente al desenvolvimiento de la estética marxista y que aparecen ahora reunidos en lo que es su primer libro. Se trata de conferencias y ensayos —la mayor parte de éstos se publican por primera vez— que constituyen pasos certeros, por más que sean los iniciales, que habrán de conducir al autor, sin duda, al ambicioso y difícil intento de organizar una estética. Esfuerzo que de él espera el marxismo que tiene en su obra uno de los estudios más serios, vigorosos y maduros sobre cuestiones de arte.

El ensayo mencionado, sometido a una reelaboración, de la que resulta enriquecido el desarrollo de los problemas planteados reafirmando las tesis que lo hicieron novedoso para los estudiosos del marxismo —con el título de “Las ideas de Marx sobre la fuente y naturaleza de lo estético”— sirve de espina dorsal al libro. Los otros materiales que integran el volumen, todos mantienen referencia necesaria con aspectos discutidos y resueltos en dicho ensayo, puesto que su contenido primordial analiza la naturaleza de lo estético. Pero de tal manera que si cada uno y en conjunto guardan relación implicante con él, en modo alguno se trata de una mera reiteración interpretativa del mismo tema. Más bien, Sánchez Vázquez se adentra en el examen de problemas diversos que presenta la realidad artística partiendo del esclarecimiento de las ideas estéticas fundamentales de Marx conseguido en el citado ensayo.

Sánchez Vázquez pone de manifiesto el interés de Marx por definir al hombre como productor no solamente de objetos y productos materiales sino también de obras artísticas. Toda producción es, en principio, creación humana; y cada forma de producción se realiza según leyes específicas. Marx en los “Manuscritos del 44” detuvo su atención en el arte como “creación conforme a las leyes de la belleza”. Sin embargo, como hace notar el autor, Marx no andaba en busca de lo estético por sí mismo. Buscaba al hombre social, concreto, que en las condiciones económicas e históricas de la sociedad capitalista se niega a sí mismo. Esa pérdida de lo humano se da en la producción material, en el trabajo, “esfera en la que el hombre debiera afirmarse como tal y que ha hecho posible la creación estética misma”. En esa búsqueda de lo humano perdido “Marx se encuentra con lo estético como un reducto de la verdadera existencia humana, y no sólo como un reducto de ella sino como una esfera esencial. Si el hombre es actividad creadora, no podría dejar de estetizar el mundo —asimilarlo artísticamente— sin renunciar a su condición humana”.

En su estudio, Sánchez Vázquez señala ña gran aportación de Marx a la estética al haber destacado que lo estético, como relación entre el hombre y la realidad, se fue forjando en el proceso histórico y social de transformación de la naturaleza y de creación de un mundo de objetos humanos. La actividad práctica del hombre lo lleva a humanizar a la naturaleza y a humanizarse él mismo. El hombre es creador desde el momento en que produce objetos para la satisfacción de necesidades humanas; desde el momento en que con su trabajo realiza un producto nuevo, un producto humano o humanizado, un producto que existe sólo por él y para él. “Trabajar es, pues, humanizar la naturaleza”, expresa Sánchez Vázquez recogiendo el pensamiento de Marx. Pero las relaciones que vinculan al hombre con el mundo presentan características diferentes: que se han forjado y afianzado en el desarrollo histórico social : relaciones utilitarias con las cosas, relación teórica, relación social, relación estética, etc.

En el primer tipo de relaciones el hombre se propone la satisfacción de necesidades humanas determinadas y, por tanto, la valoración que concede a los objetos está en razón de su utilidad o capacidad para satisfacerlas. En la relación teórica si bien el hombre no deja de estar presente, ya que el conocimiento es necesidad de su afirmación efectiva ante la naturaleza, ese “estar presente el hombre en la asimilación teórica exige, a su vez, una ausencia de lo humano”, pues, para decirlo con palabras de Marx, lo que busca el hombre en su relación teórica con la realidad es “la medida objetiva del objeto objetivo”, Para penetrar en la esencia de la realidad, de los objetos, que es lo que persigue la relación teórica, el sujeto tiene que colocarse entre paréntesis, tiene que hacer abstracción de sí mismo. Es el caso de la ciencia.

La relación estética implica características propias que las distinguen claramente de las apuntadas. Transcribimos la explicación de Sánchez Vázquez. “En la relación estética del hombre con la realidad se despliega toda la potencia de su subjetividad, de sus fuerzas humanas esenciales, entendidas éstas como propias de un individuo que, es por esencia, un ser social. La afirmación o expresión del hombre, que la ciencia no puede dar sin negarse a sí misma, sobre todo en las ciencias exactas y naturales, es justamente la que aporta el arte. En la relación estética el hombre satisface la necesidad de expresión y afirmación que no puede satisfacer o satisface, en forma limitada, en otras relaciones con el mundo. En la creación artística, o relación estética creadora del hombre con la realidad, lo subjetivo se vuelve objetivo (objeto), y el objeto se vuelve sujeto, pero un sujeto cuya expresión ya objetivada no solo rebasa el marco de la subjetividad, sobreviviendo a su creador, sino que ya fijada en el objeto puede ser compartida por otros sujetos.”[3]

El arte es creación humana en la que se exterioriza y objetiva la subjetividad histórica y socialmente forjada. Ésta es una concepción a la que se puede arribar sólo después de establecer en la objetivación del hombre una necesidad que en el arte halla una satisfacción positiva, a diferencia de lo que ocurre en el trabajo enajenado. Sánchez Vázquez se ocupa de explicar la distinción que precisó Marx entre objetivación y enajenación que Hegel no realizara y cómo dio a la objetivación su contenido concreto insertándola en el proceso de autocreación o autoproducción del hombre. Así es como puede explicarse que el arte cumple una importante función en el proceso de humanización del hombre, porque éste consigue realizarse objetivándose, proyectándose fuera de sí mismo. Siguiendo el análisis de Marx en los Manuscritos económico- filosóficos de 1844, Sánchez Vázquez puntualiza la distinción que se produce entre objetivación y enajenación, entre trabajo creador y trabajo enajenado. ‘‘La objetivación —nos dice— le ha servido al hombre para ascender de lo natural a lo humano; la enajenación hace que el hombre recorra esa misma dirección en sentido inverso, y en esto consiste precisamente la degradación de lo humano. En el marco de las relaciones económicas y sociales que tiene por fundamento la propiedad privada capitalista, el hombre no se reconoce en los productos de su trabajo, en su actividad ni en sí mismo”.[4]

El trabajo no es creación sólo de objetos útiles que procuran la satisfacción de determinadas necesidades humanas, también es acto que objetiva fines, ideas o sentimientos humanos en forma material, concreto-sensible. Por eso, arte y trabajo guardan una semejanza en cuanto a su común entronque con la esencia humana, son actividad creadora a través de la cual el hombre produce objetos que lo expresan. Al señalar esto, el autor hace ver la falsa oposición radical que mantenía la estética idealista alemana entre el arte y el trabajo, considerando a éste sujeto a una rigurosa necesidad vital en la que se impone la pena y el sufrimiento, en tanto que el arte viene a ser expresión de fuerzas libres y creadoras del hombre. Ya Marx había subrayado que tal oposición sólo existe cuando el trabajo adquiere el carácter de trabajo enajenado, no así al tratarse del trabajo creador, cuando el hombre produce objetos en los que se objetiva y puede reconocerse. Sin embargo, el hecho de reconocer la semejanza o analogía entre el arte y el trabajo no conduce a Sánchez Vázquez a identificarlos mutuamente. Advierte que aun tratándose de trabajo libre, de trabajo no enajenado, ésta será satisfacción de una determinada necesidad humana material expresada en el valor de uso del producto, mientras que el arte es satisfactorio, fundamentalmente, de una necesidad general humana de expresión y afirmación.

Sánchez Vázquez y las ideas estéticas de Marx

José Luis Balcárcel
Segunda y última parte

Sobre cómo se afirma el ser humano social e históricamente desarrollando su sensibilidad estética, Sánchez Vázquez consigue un brillante examen del análisis que Marx consagró al problema en los “Manuscritos”. El hombre se afirma no sólo como ser pensante, según creía Hegel, sino con todos los sentidos. En el proceso de transformar la naturaleza exterior el hombre la ha humanizado; y al mismo tiempo él se humaniza. “Ni la naturaleza —objetivamente— ni la naturaleza subjetivamente existe de un modo inmediatamente adecuado al ser humano”, sostiene Marx. Por medio del trabajo, el hombre se eleva sobre la naturaleza objetiva creando un mundo de objetos humanizados, a la vez que transforma su propia naturaleza subjetiva, en la que lo humano no estaba dado de por sí, en subjetividad humana. En esa relación del hombre con la naturaleza objetiva, sus sentidos se humanizan. Ya decía Marx: “La formación de los cinco sentidos es la obra de toda la historia universal anterior.” Los sentidos se hacen sentidos humanos conjuntamente con el proceso de creación de objetos humanos. La vida del animal, y con ella sus sentidos, están al servicio de lo inmediato. El animal no conoce la distancia entre la necesidad y el objeto; sus sentidos establecen una relación inmediata entre la necesidad que reclama satisfacción inmediata y el objeto que puede satisfacerla. El hombre tiene la posibilidad de contemplar el objeto, transformarlo y gozarlo humanamente, al no dejarse absorber por él.

“El sentido estético –pone de manifiesto Sánchez Vázquez— aparece cuando la sensibilidad humana se ha enriquecido a tal grado que el objeto es, primaria y esencialmente, realidad humana, ‘realidad de las fuerzas esenciales humanas’. Las cualidades de los objetos son percibidas como cualidades estéticas cuando se captan sin una significación utilitaria directa, o sea, como expresión de la esencia del hombre mismo. La creación artística y, en general, la relación estética con las cosas es fruto de toda la historia de la humanidad y, a su vez, es una de las formas más elevadas de afirmarse el hombre en el mundo objetivo”.[5]

La actividad práctica del hombre en sociedad ha hecho posible la humanización de las cosas y de los sentidos. El desarrollo de la sensibilidad humana en general, y de la sensibilidad estética que es una forma específica y superior de ella, es producto de ese proceso de humanización que el hombre conquista mediante su actividad práctica. Esa actividad práctica es la que permite al hombre crear objetos estéticos dotando de expresividad humana una materia determinada que no la tiene de por sí, “transformando una materia para imprimirle una forma y desplegar así, en un objeto concreto-sensible, su esencia humana”, conforme a las leyes de la belleza. Ahora bien, como la actividad práctica del hombre produce las con-diciones que humanizan sus sentidos y desarrollan sus sensibilidad estética, el hombre llega también a humanizar una naturaleza en la que no interviene en su transformación material, dándole una significación social estática. De ahí que Sánchez Vázquez pueda decir con Marx que la naturaleza no tiene en sí misma un valor estético, sino sólo en cuanto que es humanizada; lo bello no existe como algo natural en sí, sino sólo en relación con el hombre. Tesis ésta que no es admitida por la corriente dominante de la estética marxista que, al homologar el arte con el conocimiento objetivo de la realidad, considera a la naturaleza como bella en sí, independientemente de la relación humana.

Contraria en esencia a esa actividad creadora en la que el ser humano se afirma plenamente, exteriorizando su subjetividad, objetivándose, es la que resulta del trabajo enajenado, en cuyos productos el hombre no se expresa ni se reconoce a sí mismo, agotándose simplemente en su utilidad material. “La actividad del artista tiende a realizar precisamente esa afirmación de la esencia frustrada en el trabajo enajenado y que incluso cuando el trabajo humano tiene un carácter positivo para el trabajador, aparece limitada por las exigencias de su utilidad material… De ahí que el artista no puede producir respondiendo a una necesidad exterior, convirtiendo su actividad en una actividad que le sea extraña, impuesta desde fuera, ya que entonces no satisface su necesidad interior de desplegar su riqueza humana; su actividad deja de ser un fin para convertirse en medio.”[6]

El profundo examen que Sánchez Vázquez ha realizado de las ideas estéticas fundamentales de Marx le permite hacer un balance crítico (que en el orden del libro integra los dos primeros capítulos) de las distintas interpretaciones que se han hecho del marxismo

en relación con los problemas del arte. En los últimos años del siglo XIX y primeros del XX los teóricos oficiales de la socialdemocracia —Kautsky y Bernstein, principalmente— sostenían que el marxismo sólo podía ser capaz de dar una explicación del condicionamiento del arte por factores económicos. Su esquematismo en el planteamiento de la tesis del materialismo histórico sobre el papel determinante que desempeñan las relaciones económicas en la producción social los llevó a desvirtuar por completo el sentido de la estética.

Desde posiciones marxistas, Lafargue se esforzó en dar una explicación del arte caracterizándolo como un fenómeno social. Recalcó la relación que media entre los intereses sociales, de clase, y el arte; pero al destacar el carácter ideológico que implica la obra artística no alcanzó a comprender “su modo específico de reflejar la realidad”. Mehring hace énfasis en el carácter clasista del arte descartando la posibilidad de expresiones artísticas al margen de intereses sociales. Pero cree que es necesario recurrir a algunas tesis de Kant como complemento del marxismo. “Por un lado, concibe el arte como un fenómeno social que pertenece a la supra-estructura y, en este sentido, lo ve condicionado por los intereses de clase y sin poder elevarse a un nivel universalmente humano, y, por otro, trata de sustraerlo a ese condicionamiento con ayuda del formalismo estético kantiano.” Al analizar por separado el contenido y la forma de la obra artística oscila entre el sociologismo y el formalismo. Plejánov sostiene la unidad de contenido y forma, señalando el papel determinante del contenido ideológico. Busca superar la contradicción entre condicionamiento social y autonomía del arte, poniendo de manifiesto la vinculación entre el arte y la lucha de clases. Se preocupa por la necesidad de emprender un análisis conjunto de los valores artísticos de la obra y de su aspecto sociológico. No lo consiguió, sin embargo, y concentró su atención en lo que llamaba el “equivalente sociológico de un fenómeno literario dado”. Así, con Plejánov se inició la tendencia que convirtió la estética marxista en una mera sociología del arte “tendencia que pasa por alto la autonomía relativa que Engels ya había subrayado…”

Respecto a las concepciones estéticas de Lenin, Sánchez Vázquez hace un estudio cuidadoso, rescatándolas de las reiteradas tergiversaciones que han sufrido. Discute el trasplante que se hace de su tratamiento de la teoría del conocimiento como reflejo objetivo de la realidad al terreno del arte. Y subraya que en ningún capítulo de Materialismo y empiriocriticismo toca Lenin el problema de las relaciones entre el arte y la ciencia, ni analiza especialmente el arte como forma específica de conocimiento. “Sin embargo —dice— de su análisis se desprende que, como las demás formas ideológicas, el arte se halla históricamente condicionado, lo cual no excluye que las verdades que nos entrega tengan cierta validez objetiva. Lenin despejaba así el camino para superar el subjetivismo de clase en que habían caído los teóricos marxistas anteriores en el terreno estético y llegar así a una justa concepción del arte como forma de reflejo de la realidad.” Sánchez Vázquez aclara que sólo puede hablarse de reflejo artístico cuando el arte está cumpliendo una función cognoscitiva, entendiendo que el reflejo artístico es radicalmente diferente del científico. Y señala entre sus características: “Carácter específico de la realidad reflejada, papel peculiar del sujeto en la relación estética, funciones propias de la imaginación, los sentidos, la emoción y el pensamiento en ella, etc.”. Lenin no limitaba la concepción estética a la simple expresión ideológica; hacía ver que el gran artista supera las limitaciones ideológicas alcanzando una verdad acerca de la realidad.

Al triunfar la Revolución Socialista se hizo necesario realizar un arte nuevo, en consonancia con las necesidades de la nueva sociedad que se forjaba. Lenin tenía sus gustos artísticos personales pero nunca los impuso como normas. Lunacharsky, que era el comisario de educación pública se preocupó de recoger algunas ideas estéticas de Marx para encaminar el nuevo arte que correspondiera con la nueva actitud que frente a la realidad socialista adopta el hombre, asegurando su diversidad y riqueza expresiva. Como respuesta a esa nueva realidad social se fue gestando el realismo socialista, entendido en forma amplia, conforme a “muchos métodos diferentes”, como lo apoyaba Lunacharsky. Pero las posiciones sociologistas apuntaladas en los trabajos de Plejánov, alentados por el dogmatismo de la época estalinista, fueron deformando la concepción del realismo socialista al imponerle en la teoría y en la práctica normas y modelos fijos.

Reconociendo los aportes de Lukács a la estética marxista y considerándolo el más serio y más capaz investigador del realismo, Sánchez Vázquez no puede menos que manifestar su desacuerdo con la posición que defiende. Rechaza la distinción establecida por Lukács entre realismo, sinónimo de gran arte (a condición, naturalmente, de tratarse de un realismo bien resuelto estéticamente), y vanguardismo, equivalente a decadencia artística. Es un esquema teórico —apegado a la concepción que reduce el arte a su aspecto ideológico— que no resiste la confrontación con la rica y compleja realidad artística. Para Lukács es decadente el arte que expresa una sociedad decadente, el que tiene un contenido ideológico decadente. Sostener que una sociedad decadente engendra un arte decadente es igualmente falso que creer que el socialismo por el hecho de ser una fase superior del desarrollo social debe engendrar necesariamente un arte superior, un arte de vanguardia, tesis de Zhdánov que, por cierto, Lukács ha combatido. Con razón afirma Sánchez Vázquez, “ningún arte verdadero puede ser decadente. La decadencia artística, sólo aparece con la simulación, detención o agotamiento de las fuerzas creadoras que se objetivan precisamente en la obra de arte”.

Sánchez Vázquez critica y se opome las concepciones que limitan, que unilateralizan el arte al aspecto sociológico, al ideológico o a la simple función cognoscitiva. “Ciertamente —subraya— el arte tiene un contenido ideológico, pero sólo lo tiene en la medida en que la ideología pierde su sustantividad para integrarse en una nueva realidad que es la obra de arte. Es decir, los problemas ideológicos que el artista se plantee tienen que ser resueltos artísticamente. El arte, a su vez, puede cumplir una función cognoscitiva, la de reflejar la esencia de lo real; pero esta función sólo puede cumplirla creando una nueva realidad, no copiando o imitando lo ya existente. O sea, los problemas cognoscitivos que el artista se plantee ha de resolverlos artísticamente. Olvidar esto —es decir, reducir el arte a ideología o a mera forma de conocimiento— es olvidar que la obra artística es, ante todo, creación, manifestación del poder creador del hombre. Desde un punto de vista verdaderamente estético, la obra de arte no vive de la ideología que la inspira ni de su condición de reflejo de la realidad. Vive por sí misma con una realidad propia, en la que se integran lo que expresa o refleja. Una obra de arte, es ante todo, una creación del hombre, y vive por la potencia creadora que encarna.”[7]

La categoría fundamental del arte, como se desprende de las ideas estéticas de Marx y que Sánchez Vázquez comparte plenamente, es la de creación, creación de una realidad específica en la que se objetiva la subjetividad humana. El realismo, por tanto, para ser efectivamente una expresión estética, debe manifestarse creador. La simple copia o imitación carece de significado artístico.

Recientemente, como resultado de las críticas que se vienen haciendo contra el realismo que no se remonta estéticamente sobre la realidad objetiva que le interesa reflejar, ateniéndose a su calca, Roger Garaudy ha venido a mistificar la concepción del realismo. Al demandarle la necesidad de transformar artísticamente la realidad objetiva que lo inspira y tomando en consideración que toda manifestación artística es transformación de elementos de la realidad, arriba a la equivocada tesis de que todo arte es realista. Sánchez Vázquez comprende que la de Garaudy es una posición que esfuma artificialmente el problema que, como un hecho, se presenta en la producción artística, distinguiendo las formas de arte realista de las que por sus características estéticas no lo son. “Llamamos arte realista —opina Sánchez Vázquez— a todo arte que, partiendo de la existencia de una realidad objetiva, construye con ella una nueva realidad que nos entrega verdades sobre la realidad del hombre concreto que vive en una sociedad dada, en unas relaciones humanas condicionadas histórica y socialmente y que, en el marco de ellas trabaja, lucha, sufre, goza o sueña”.[8] Así es que cuando el arte no busca expresarse asumiendo ese tipo de actitud y de método, no hay razón que justifique confundirla con el realismo.

En el ensayo que dedica a “Un héroe kafkiano: José K” reafirma Sánchez Vázquez sobre la práctica el acierto de su teoría estética, con la que se propone rescatar al marxismo —y a nuestro juicio lo consigue— de los planteamientos esquemáticos y unilaterales que han venido limitándolo en su capacidad de interpretación artística. Kafka, condenado por Lukács, y tantos marxistas, como decadente, sale reivindicado del análisis de Sánchez Vázquez porque se le estudia dialécticamente en toda la riqueza de su expresión estética, examinándolo por el tratamiento artístico que da a su obra, como creador de una realidad estética que resuelve estéticamente el mundo de su creación que así, refleja un mundo histórico-social, concreto, que encarna el sistema capitalista. José K. es la expresión, artísticamente lograda, del hombre enajenado, cosificado, producto del sistema social del que ha cobrado conciencia el propio Kafka. Creemos que con este ensayo consigue su autor el mejor estudio sobre Kafka que se realiza con un enfoque marxista.

“El destino del arte bajo el capitalismo” es un minucioso y extenso trabajo de investigación que constituye la segunda parte del libro. Su desarrollo es de tal manera sistemático que bien puede tenerse como un libro independiente. Naturalmente, dentro del conjunto de la obra guarda una relación de unidad con los ensayos de la primera parte. Requeriría un comentario aparte ya que plantea multitud de problemas ‘ ahondando en sus soluciones. En esta nota hemos preferido destacar aquellas ideas del autor que fundamentan toda su concepción estética y que son, por lo demás, las que le permitieron abordar las cuestiones que se discuten en la segunda parte del volumen. Ahí analiza y desarrolla el autor la tesis de Marx que señala a la producción capitalista como hostil a ciertas producciones de tipo artístico, como el arte y la poesía. El análisis de Sánchez Vázquez demuestra que se trata de una hostilidad que nace de la esencia misma de las relaciones de producción que tienden a convertir en mercancía o cosa todo producto del trabajo humano, pero, a la vez reconoce en la propia realidad artística “que la producción material capitalista no sólo no es igualmente hostil a los diversos sectores de la producción espiritual, sino que algunos de ellos escapan a esa hostilidad e incluso se ven favorecidos por dicha producción material”.[9] Y tiene presente, al mismo tiempo, que “todo el arte auténtico que se ha hecho desde el romanticismo hasta nuestros días ha sido un arte a espaldas, en contra, al margen o a despecho del capitalismo”.[10]

[1] Diánoia, 1961, págs. 236 y ss.

[2] Casa de las Américas, núms. 13-14, jul.-oct., 1962,[La Habana]; en Realidad, núm. 2, nov.-dic., 1963, [Roma]; y traducido al rumano en Revista de Filozofie, núm. 2, 1964, [Bucarest].

[3] Adolfo Sánchez Vázquez. Las ideas estéticas de Marx. México, Ediciones Era, 1956. Pág. 52.

[4] Ibíd. Pág. 56.

[5] Ibíd. Pág. 79.

[6] Ibíd. Pág.85-86.

[7] Ibíd. Pág.44

[8] Ibíd. Pág. 35

[9] Ibíd. Pág. 156.

[10] Ibíd. Pág. 177.

Ir al sitio de publicación:

Balcárcel, José Luis (2015), “Sánchez Vázquez y las ideas estéticas de Marx” en Revista Siempre. La cultura hoy, mañana y siempre, año 5, núm. 130, http://www.siempre.com.mx/2015/11/sanchez-vazquez-y-las-ideas-esteticas-de-marx/

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